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Golondrinas

2 feb 2015
10 min de lectura

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Un joven caminaba de manera regular por el parque y al llegar al asiento ubicado debajo de su árbol preferido consiguió en él a un anciano con la expresión de calma y espiritualidad más avasallante jamás vista. Una calma y satisfacción con la vida que, más que envidia, generaba la irresistible gana de acercarse como la polilla a la luz de la vela.

Intrigado el joven se acercó y le preguntó al anciano si tenía mucho tiempo visitando el lugar, aún cuando estaba seguro de nunca haber visto a tan enigmático y sin embargo atrayente personaje en sus constantes paseos por el parque.

El anciano lo vio con una mirada pacífica y reconfortante cuyo calor embriagó al joven, y esbozó una sonrisa al tiempo que respondió -Si y no. - Y rió alegremente.

Sin entender mucho el por qué, el joven se contagió de este buen humor y sintió que el día había comenzado con buen pie. Sonrió de vuelta al anciano y le preguntó si esperaba a alguien.

-Todos esperamos a alguien. - Le respondió el viejo.

-¿Y a quién espera usted en esta hermosa y cálida mañana?

El anciano lo observó con sus ojos verdes y el joven sintió su alma traspasada por un calor tan intenso como si le desnudara y dejara sin barrera alguna tras la cual esconderse.

-Si no le importa joven, ¿quisiera sentarse junto a mí?

El joven sin pensarlo y como halado por unas manos invisibles se sentó a la vera del anciano, con ansias y sin saber exactamente por qué.

-Me preguntabas joven amigo a quién espero. ¡Pues a una mujer! ¿A quién más? - Tras lo cual soltó una sonora carcajada al ver los ojos del joven abiertos como platos.

-¿Por qué te sorprendes? - Preguntó el anciano - ¿Acaso no hay más dulce espera que la de ver al amor de tu vida? ¿Ese amor que te alimenta el espíritu y te eleva el alma?

El joven, sin comprender el por qué de su sorpresa ante la respuesta del anciano, salió de su estupor y le pidió disculpas por su descortesía.

- No pretendí ofenderle mi querido señor, es que tan solo…

-Es que tan solo no imaginabas que un anciano como yo mostrara tanta candidez como un jovenzuelo enamorado - y volvió a reír y al punto revolotearon unas golondrinas por encima de sus cabezas.

El joven volvió su mirada de las aves al anciano preguntándose qué extraña influencia le atraía tanto hacia este personaje que ahora se le antojaba algo familiar.

-Así es el amor joven. Mira a tu alrededor y todo es hermoso, incluso mágico. No hay límites en cómo el Universo te hace subir y bajar como en un carrusel.

El joven, dispuesto a continuar su charla con el anciano le preguntó quién era esa afortunada mujer.

-¡El afortunado soy yo! - Respondió con otra carcajada. Luego, más serio continuó -Espero a mi esposa, como lo hago todos los días desde que la conocí.

-¡Oh qué envidia mi estimado señor! Quisiera poder llenar mis labios con tan hermosas palabras y llenar así de dicha mis días. ¡Qué no daría por sentir un amor tan grande como el suyo! - Replicó el joven con un suspiro.

Colocando una mano envejecida pero de agarre fuerte sobre el hombro del joven, el anciano le dijo con dulzura-Ya lo harás. Mantén la esperanza. El amor llegará a su debido momento. No apresures las cosas, en especial con algo que está bañado de bondad y luz, algo que requiere su sacrificio y para lo cual necesitarás comprensión y paciencia.

Con otro suspiro el joven lo vio a los ojos y luego alzó su mirada hacia el árbol.

- ¡Ay! Pobre de mí. La desgracia solo ha querido sonreírme en todos estos años para no mostrarme lo que es el verdadero amor. Es posible que nunca lo conozca, basándome en mis experiencias, claro está.

El anciano interrumpió la tranquilidad que les rodeaba con una risotada que hizo que las golondrinas revolotearan una vez más por encima del árbol que les cobijaba.

-Mi querido joven, hablas como todo un experto en amoríos, ¿y con cuántos años cuentas? ¿Veinte? ¿Veintidós a lo sumo?

-¡Veintiuno y muy bien llevados! - respondió el joven enderezándose en el banco con orgullo.

El anciano lo observó cariñosamente y le comentó con dulzura - Yo también conocí a un joven como tú que vivía aventuras y desdichas a la espera de un sueño, una quimera, y resultó que luego de muchas penurias y desventuras logró el mayor de los premios que la vida puede ofrecer, el amor. Eso sí, no fue fácil…, y no fue difícil, sencillamente fue...

El joven más calmado preguntó - ¿Y qué fue de ese joven?

-Ya no está - le respondió el anciano - pero esa es otra historia.

El joven, algo confundido por el giro que había tomado la conversación, decidió regresar al origen de la misma y preguntó al anciano - ¿Y para cuándo espera a su esposa?

-Para siempre - contestó.

Dándose cuenta de la expresión de frustración que se dibujaba en el rostro del joven, el anciano sonrió y en su mirada se reflejó la tranquilidad de la sabiduría. Una sensación de paz, fragrante como el rocío de la madrugada, embargó el alma del joven, y solo entonces el anciano asintió con su cabeza.

Como con una sincronización de mágico proceder el viejo posó su mano sobre la rodilla del joven y una brisa suave y fresca los envolvió, dando así inicio a su relato.

-Cuando uno ama a una mujer, uno espera el tiempo que haya que esperar. Uno espera a que llegue, aún cuando todavía no la has conocido, sabiendo en el fondo de tu corazón que ella existe y llegará a ti. Así ha sido siempre con mi amada esposa. Toda una vida esperándola, y más que soñando con ella, todo lo que hacía lo hacía por ella.

»Cuando era joven como tú, imaginaba qué me diría, si me juzgaría por lo que decía o hacía, si le gustaría lo que escribía, y aún cuando llegué a pensar que conocí al amor, y más de una vez debo confesarte - y ambos rieron de buena gana - siempre supe que esos "amores" no eran ella.

»Recorrí el mundo, tuve muchas aventuras, algunas incluso que casi me costaron la vida, y cuando ya pensaba que con tanto ir y venir mi vida sería una especie de rutina accidentada, ella apareció ante mis ojos como una luz que te deja sin respiro pero que a la vez te alimenta todo el ser. No podía respirar y, sin embargo, el aire nunca me supo tan dulce. No podía hablar, pero las palabras más sutiles brotaban de mis labios. Mi vista quedaba cegada por su belleza, más nunca había visto al mundo con tan brillantes colorines.

»Sin embargo, no podía dejar de sorprenderme y maravillarme por lo irónico que era el destino en su imparable juego del azar con nosotros los simples mortales.

-Por favor, no me diga que la perdió en cuanto la encontró - y al momento el joven se disculpó por su interrupción.

Con otra sonrisa el anciano respondió - ¡Por el contrario muchacho! Fui yo quien se perdió y encontró a la vez. Digo que el destino nos jugó sus pasadas y aún en el tiempo siguió jugando con nosotros.

Y tornando su mirada hacia el cielo como buscando respuestas el anciano prosiguió.

-A ver, ¿por dónde iba? ¡Ah sí! Te decía sobre lo irónico del destino. Hacía dos años antes que ya yo la había visto. Era la fiesta de cumpleaños de su tía abuela, a la que yo había asistido porque era muy amigo de un primo suyo. Recuerdo como si fuese hoy el momento en que nos presentaron y ella me echó una ojeada de arriba abajo y con una cara que no expresaba ningún sentimiento dijo "Mucho gusto" y se marchó.

»No le presté mucha atención en esa ocasión, lo mismo que al año siguiente, en otro cumpleaños de la misma tía abuela, nos volvieron a presentar y le preguntaron si se acordaba de mí, y ella contestó "Sí" y se volvió a marchar sin más.

»Recuerdo haber pensado que esa muchacha era la más antipática que yo hubiese conocido y no le presté mayor atención.

»Pero luego, en un Enero, durante un encuentro que habíamos pautado un grupo de amigos para irnos a otra de esas tantas aventuras en las que de alguna manera siempre estaba involucrado, estaba ella con su primo.

»Al verla descender del vehículo donde venía, observé que miraba a un lado y al otro, mientras caminaba lentamente hacia la parte trasera del mismo, donde se subió a la cajuela sin mayor esfuerzo que un suspiro.

»Recuerdo que mis ojos no podían dejar de mirarla y todo lo que hacía pasaba ante mí lentamente, como si el tiempo se detuviese.

La carcajada lanzada en ese momento por el anciano sobresaltó al joven, lo que causó mayor risa en el viejo. Luego con un gesto de la mano como dándole menor importancia siguió riendo.

Al cabo de un rato de silencio en el que los dos se recuperaron, uno de tanta risa y el otro de su sorpresa, el joven le preguntó:

- Si no es irrespetuoso de mi parte preguntar, ¿qué ocurrió después de tan mágico encuentro?

-En efecto, fue mágico ese encuentro. Lo considero la verdadera "primera vez" que la vi. Justo ahí lo supe…, me dije “es ella, a la que siempre esperé. Con ella me casaré”.

Y viendo al joven, el anciano continuó:

- Así es muchacho, en ese instante, en ese preciso momento, bajo ninguna lógica, ya que es el corazón el que te habla, supe que con ella me casaría y que ella era mi vida, y literalmente lo digo. Sabía que sin ella mi vida no tendría razón de ser. Algunos dicen que así es como se conocen las almas gemelas. Lo cierto es que para mí, todo lo que hice y todo lo que haría después sería para y por ella.

»No me malinterpretes mi querido amigo. Nunca dejes de quererte a ti mismo, nunca dejes, por nadie, de buscar lo que te satisfaga y llene el espíritu, siempre que no hagas daño a ser viviente alguno. Pero al hacerlo, si lo haces sabiendo que haces feliz a quien comparte tu lado por amor, también lo haces por esa persona.

»Pero estoy desvariando. Me preguntaste qué ocurrió después de tan mágico encuentro. Le pedí que saliéramos, y dos días después de su cumpleaños, en nuestra primera cita le robé un beso. Para mí fue claro que a partir de ese momento éramos novios pero ella me preguntó al día siguiente si así era o si tan solo fue un beso, y me reí de felicidad ante su inocencia, aunque para ser justos yo tampoco había sido claro con ella. Creo que estaba tan feliz que se me olvidó "formalizar" nuestro estatus después de ese beso - Y ambos volvieron a reír.

- La pretendí por unos meses y le pedí matrimonio de la manera más espontánea e inesperada que se me pudo ocurrir… En realidad no se me ocurrió - dijo sonriendo el anciano - sencillamente lo sentí en mí y las palabras fluyeron solas.

-¿Y qué dijo ella?

-Nada - dijo el anciano, y el joven se le quedó viendo desilusionado - Tan solo me abrazó y me besó. – Y viendo al joven con una mirada de complicidad terminó diciendo- Un año después de nuestra primera cita nos casamos.

-Y fueron felices para siempre - dijo el joven con gran satisfacción.

Sin embargo, éste quedó sorprendido al ver en los ojos del anciano una mirada que más que seria, podría decirse era reflexiva.

-Mi joven amigo, la felicidad, vista como una concepción, podría entenderse como algo relativo según la perspectiva de quien la mire. La verdadera felicidad es algo que se siente. No niego que soy feliz, eso nunca. Más sin embargo, debes entender que la vida tiene sus altos y bajos, pero incluso éstos forman parte de esa felicidad.

El joven preocupado por haber llevado al viejo a recuerdos tristes se sintió desesperado por tratar de atraerle a pensamientos más alegres que le volvieran la sonrisa y alegría que había demostrado hasta entonces.

-¿Tienen hijos? ¿Llegaron a tener familia?

-Familia siempre tuvimos, ya fuéramos nosotros dos solos, ya fuera con nuestras mascotas, las cuales he de decirte muchacho, son más leales y agradecidas que las personas. Es el caso que sí, tuvimos una familia, con quienes en su momento fueron como hijas nuestras. Dos hermosas chiquillas, abandonadas a la buena de Dios por sus padres, ni qué decir que este tipo de amor puede conllevar a un amargo desenlace, pues al tener edad suficiente para no generar a sus progenitores mayores inconvenientes de crianza, nos fueron arrebatadas de nuestro lado, sin poder ampararnos bajo una tutela legal por estar los padres aún vivos, ni por un lazo sentimental, ya que bajo promesas falsas de nuevos derroteros en tierras lejanas, ambas niñas optaron por el deslumbramiento de tales promesas. Por mucho tiempo el dolor atenazó nuestros corazones, incluso reprochándonos el no haberles inculcado lo suficiente para hacer de ellas personas de mayor entereza y decisión ante el bien y el mal, ¿pero sabes mi joven amigo?, caímos en la cuenta de que el amor que les profesamos, aún hoy día, demuestra que hicimos todo a nuestro alcance para arroparlas de cariño, seguridad, buenos consejos, legándoles a nuestro modo principios y valores que conllevan a un buen actuar con ellas mismas y sus prójimos.

»Recuerda lo que te dije, la felicidad es una concepción que depende de los ojos que la mire, pero es una realidad para el que la siente. Incluso nuestro amor como pareja se vio más fortalecido y enriquecido luego de que viviéramos penurias y separaciones. Nos dábamos cuenta que lo único que nos llenaba en la vida era el estar juntos. ¡Qué hermosa dicha! El poder estar con alguien, compartir con complicidad, amar sabiendo que en reciprocidad eres amado, porque he de decirte muchacho, que aquellos que dicen que quien verdaderamente ama no espera nada a cambio es porque, o nunca han amado, o se justifican al no poder olvidar el por qué viven con el corazón roto. Con esto bastaba para que mi vida tuviese sentido y continuara. Esa razón de existir que tan solo te dan las pequeñas cosas como sus galletas recién horneadas o todas las maravillosas tortas que tan mágicamente adornaba con los sabores y colores más exquisitos que ojos y paladar alguno probaran, o que cocináramos juntos o sencillamente nos sentáramos a ver las aves volar sobre nuestras cabezas.

Luego de una larga pausa en que ambos hombres, sentados en el banco del parque bajo la sombra del árbol, calaban las palabras recién dichas en lo hondo de sus almas, se vieron interrumpidos por el fragor de las flores cercanas que les regalaba la suave brisa. Entonces el joven se atrevió a interrumpir tales cavilaciones preguntando:

-Disculpe buen hombre, me he percatado que ha hablado en pasado. ¿Es que acaso su esposa ha muerto?

El anciano posó sus ojos verdes sobre los del joven, unos ojos que extrañamente resultaban familiares.

- No mi amigo, ella aún no ha muerto, ella aún no está conmigo, pero la sigo esperando. Aún no he vivido esta hermosa aventura porque espero a que tú, que también la esperas, luego cuentes esta bella historia, mi historia, tú historia…

La brisa sopló más fuerte y azotó tan duro el rostro del joven que tuvo que cerrar los ojos por un instante, y al abrirlos se encontró con un par de golondrinas en el mismo sitio donde el anciano había estado sentado.

Sin entender el por qué de la dicha que abrazaba a todo su ser, el joven sonrió con lágrimas en los ojos.

 
 
 

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